Conoce Argelita

La perla del mijares

Bravura contra bravura

Deja un comentario

Así es como se titula el relato que ha escrito Lara Monferrer, inspirada en la gran afición a los toros que existe en la provincia de Castellón, aunque sabemos que su inspiración para escribir este relato es Argelita.

Ha llegado a quedar en segunda posición en los premios literarios de ideas taurinas que llevan el nombre de Felix Antonio Gonzalez de la Federación Taurina de Valladolid.

1780639_10154024554155151_135732527_n

Lara Monferrer en la entrega de premios

Bravura contra Bravura
¡Pum!
 
El primer cohete estalló en el cielo estrellado que nos cubría. El primero de tres. Tres
cohetes que
daban inicio a la embolada que se celebraba ese viernes de agosto, como cada año en las fiestas del
pueblo. Ese pequeño pueblo del interior de Castellón.
 
Cenábamos en el patio de casa, cuando el cohete nos interrumpió. Cada noche celebrábamos las
fiestas con una gran cena. Con la familia o con los amigos, siempre eran risas y felicidad.
 

Pero ese día nos en volvía el silencio. Nos inundaban los nervios. Esa noche era especial. Mi

hermano, dos años menor que yo, y aficionado a los toros desde que nació, era el encargado de
agarrar del rabo al toro en la embolada. Un toro de nombre “Caracola”.
 297812_2123882290005_1953573_n
 
Siempre nos hemos preguntado de dónde sacarían los ganaderos nombres tan originales, para
animales tan bravos. Cada verano hacíamos quinielas e intentábamos adivinar cual sería el nombre
del toro que luciría el cartel de las fiestas. Pero nadie ganaba. La realidad superaba nuestra
imaginación.
 
Nos levantamos de la mesa, cerramos la casa y nos encaminamos hacia la plaza del pueblo.
Queríamos coger el mejor sitio posible. Todos deseábamos ver el debut de mi hermano desde cerca.
Nos encontrábamos todos. Mis padres, su novia y todos los amigos que habíamos crecido juntos
con esa gran pasión.
 
Los cinco minutos de camino desde mi casa a la plaza del pueblo, se me hicieron eternos. Nervios,
ilusión, miedo, felicidad. Todos los sentimientos se entremezclaban, sin dejarme caminar, sin
dejarme hablar.
 
No hablaba, recordaba. Recordaba nuestros juegos de niños por las calles del pueblo. Jugábamos a
toros. Tomábamos prestados los cuernos de toros de un vecino, y organizábamos encierros. Siempre
sorteábamos quién sería el toro. Todos queríamos ser buenos recortadores, buenos corredores de
encierros. Nos divertíamos, nos reíamos y soñábamos. Queríamos crecer rápido para sentir el poder
que nos transmitían los corredores que traspasaban las barreras del pueblo rápidamente. Los días de
toros, nos colocábamos cerca de la barrera. Desde ahí nos impregnábamos de la mezcla de olores
que traían. Mezcla de valentía y seguridad. Queríamos sentir el aliento del toro, su energía, su
bravura. Nos comprábamos las bolsas de pipas más grandes del supermercado y pasábamos las
tardes de toros sentados en la plaza, llenando la calle de cáscaras, bajo la atenta mirada de las
abuelas que nos regañaban por ensuciar la calle que luego les tocaba barrer. Esas eran las mejores
tardes de verano.
 
¡Pum!
 
El segundo cohete me sacó de mis recuerdos de infancia. Las calles estaban animadas. Llenas de
corredores, llenas de visitantes. Los días de toros, el pueblo se llenaba de gente de fuera, se
multiplicaban los paseantes por las calles. El pueblo de un solo bar y 40 habitantes en invierno, se
convertía en un pueblo grande y lleno de vida en verano.
 
Cuando pasamos por delante de la barrera del ayuntamiento otro gran recuerdo vino a mi mente. El
primer verano que mi hermano traspasó esa misma barrera con una gran sonrisa. Tenía 16 años. Ese
día se arrodilló y besó el suelo. Besó un suelo que pisaba cada día de verano, pero esta vez, lo que
pisaba era el recorrido de los toros. No era una calle cualquiera.
 
Yo nunca llegué a traspasar la barrera. Cuando crecí, los sueños de los juegos de niños
desaparecieron y la inseguridad se apoderó de mí. Prefería seguir comiendo pipas tranquilamente.
Aunque el miedo no se me quitó. Si no veía a mi hermano en el recorrido, el nerviosismo y la
preocupación recorrían todo mi cuerpo. En ese momento dejaba de comer pipas. Pero él siempre
aparecía, con su gran sonrisa, empapado de felicidad.
 
Y ahora nos dirigíamos hacia su día más importante. Iba a agarrar del rabo al toro. Se iban a quedar
durante unos segundos los dos solos. El toro y él. Bravura contra bravura.
 
¡Pum!13940_333468205037_4829941_n
 
Con el tercer cohete empezamos a correr hacia la plaza.
 
Antes de separarme de mi hermano lo miré. Realizaba unos saltos de calentamiento junto al pilón
donde segundos después amarrarían el toro. Me acerqué a él y le abracé. Le di un beso en la mejilla.
 
Él me miró con una gran sonrisa y me abrazó. No hablamos. Nos miramos y yo supe que todo iba a
ir bien. Su mirada me transmitió esa confianza y esa seguridad que nuncale abandonaban.
Una vez en la plaza, me situé junto a su novia. La agarré de la mano. Su nerviosismo eramayor que
el mío. Ella no entendía esa tradición. No entendía esa celebración.
 
Se escuchó un murmullo. Abrieron el corral y el toro apareció en la plaza. Su piel negra
resplandecía en la noche. Era elegante en movimientos. Sus cuernos apuntaban con firmeza hacia
el cielo. Un animal precioso.
 
Salió atado por los cuernos con una larga cuerda, por donde unos valientes corredores tiraban hasta
conducirlo al pilón. Consiguieron detenerlo. La gente al verlo quieto se acercó a tocarlo. Su valentía
consistía en acariciar al toro, mientras estuviese bien paralizado.
 
Vi como mi hermano se situaba junto al toro. Lo acarició y le susurró algo. Supongo que le diría las
palabras de Miguel Hernández que siempre repetía:
 
“Despierta, toro: esgrime, desencadena, víbrate.
Levanta, toro: truena, toro, abalánzate.
Sálvate, denso toro de emoción y de España.”
 
Palabras que mi hermano adoraba. Palabras que le tranquilizaban. Palabras que le describían.
Agarraba la cola. Llegaba el momento. La gente que estaba junto al toro se fue esparciendo. El
silencio se hizo en la plaza. Yo dejé de respirar durante unos segundos. El corazón me latía
fuertemente y las lágrimas recorrieron mis mejillas.
 
Las bolas de fuego del toro iluminaban la escena. Mi hermano seguro y confiado, agarraba con
fuerza el rabo del toro. Entonces se quedaron solos. El toro y mi hermano, uno contra el otro. El
animal tirando, mi hermano frenando. Lo aguantó, lo resistió. Lo enderezó hacía una calle
despejada de corredores. Entonces lo soltó y el toro huyó
calle abajo. Huía de mi hermano. De su
confianza, de su seguridad y de su bravura.
 
En la plaza, la gente comenzó a aplaudir. A vitorearle. Yorespiré. Y grité. Grité en silencio. Una
felicidad tranquila me inundó. Una sensación que no conocía.
 
Mi hermano nos miró. Nos sonrió y siguió al toro.
 
Acababa de cumplir su sueño.
IMG-20140330-WA0004
 
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s